critica agora

Ágora (2009) 18/10/2009
Una crítica de Aurea García Fernández

Año: 2009   Guión: Alejandro Amenábar, Mateo Gil   Música: Dario Marianelli   Fotografía: Xavi Giménez   Título original: Agora
Intérpretes:

Referencias externas cineastas:

Billy Wilder


Cuánto agradezco al joven Amenábar que haya rescatado para el gran público a una mujer tan ejemplar y digna de ser recordada como la brillante y bella intelectual alejandrina Hypatía, la hija del matemático Teón director de la famosa Biblioteca de Alejandría en la que estaba guardado todo el saber acumulado por la humanidad hasta ese momento y despiadadamente destruida al parecer por los parabolanos, huestes talibanas puestas en circulación por el ambicioso obispo cristiano Cyrilo luego santificado.




Hypatía que asombró a sus coetáneos no sólo por su belleza sino sobre todo por su inteligencia, sabiduría y generosidad (compartía sus conocimientos con sus discípulos y permitidme dedique un recuerdo al maestro zamorano Agustín García Calvo muy en esta onda de compartir sabiduría).

Como es lógico el director ha tenido que elegir entre las múltiples fuentes y opciones que se le ofrecían para abordar tan singularísimo personaje y se puede o no estar de acuerdo con las elegidas, pero son las suyas y no las nuestras, y seguramente aquellas que le venían bien para contar lo que quería contar y me consta que muy bien asesorado por el catedrático de Griego de la Complutense y excelente divulgador de la cultura clásica Carlos García Gual. En lo que sí estaremos de acuerdo las gentes del común con el director es en que los dogmatismos fundamentalistas y las irrefrenables ansias de poder vengan de donde vengan siempre generan intolerancia y destrucción.

Sabemos que Hypatía fue víctima de esa intolerancia en una Alejandría, entre dos siglos, convulsa en la que se enfrentaban violentamente diferentes ideologías y formas de vivir como la hebrea, la cristiana y la residual y decadente romana aún vigente luchando desesperadamente por el poder, víctima propiciatoria de todo tipo de tramas que se urdían a su alrededor y en las que ella nunca quiso entrar.

Da un poco de pavor leer lo que se ha escrito de nosotras las mujeres a lo largo de los tiempos desde el famoso Código de Hammurabí nada menos que en el siglo XVII antes de Cristo pasando por el persa Zaratrusta (siglo VI a de C.) o el griego Aristóteles o ya en el año 67 de nuestra era el mismísimo San Pablo citado en la película por no hablar del Corán (s.VI d. C.) o el reformador Lucero (s.XVI) sin perder de vista a la Constitución inglesa del siglo XVIII, o sea casi ayer mismo o sin ir muy lejos, las inauditas proclamas que los textos de la Sección Femenina de Falange divulgaba entre las niñas que acudíamos a los Institutos de Secundaria españoles para hacer el bachillerato durante el franquismo.

Por eso cabe deducir que mucho, muchísimo tenía que brillar Hypatía para que según todos los testimonios provocara entre sus contemporáneos tanta admiración y respeto. Sus discípulos acudían de todas partes (a veces geográficamente desde muy lejos) para recibir sus lecciones, fueran hebreos, cristianos, paganos o ateos: todo un ejemplo de tolerancia y amor por la investigación y el conocimiento, así como la capacidad de trasmitir todo eso, o sea el arte de la docencia.

Pero el fundamentalismo de unos y la ambigüedad y cobardía de otros, máscaras en realidad de las ambiciosas ansias de poder y de la envidia, machacaron y destruyeron sin piedad a este icono alejandrino de la inteligencia, belleza, independencia personal y amor inmenso por el saber y el conocimiento sus verdaderas pasiones. La singularidad sea del tipo que sea siempre se paga cara, y más en tiempos de cambios y turbulencias como fue la Alejandría de los siglos IV al V de nuestra era con un Imperio romano que empezaba a manifestar su descomposición y decadencia.

Se le ha reprochado al director que su película esté en exceso impregnada e influenciada por el laicismo contemporáneo pero ¿podría ser de otra manera?. Los temas recurrentes en el arte siempre e inevitablemente estarán contagiados por el contexto individual y colectivo del momento en que se hacen. No podemos pedir al artista el rigor científico que exigiríamos a un investigador, porque eso estaría fuera de lugar. Amenábar ha sabido asesorarse aunque luego haya dejado volar su imaginación como tiene que ser.

En lo que todo el mundo está de acuerdo es en la brillantez del diseño de producción, dirección artística, vestuario (que se puede ver estos días en el Museo del Traje de Madrid), maravillosas tomas cenitales, lecciones de Cosmología anticipatorias de las de Kepler y que el director aprovecha a lo largo de la película para enfocar con su cámara todo tipo de círculos y derivados hasta llegar finalmente a la elipse que se le resistía a Hypatía y su esclavo ayudante. Amenábar sabe hacer cine por si alguien lo dudaba y sabe arriesgar y enfrentarse a retos nada fáciles. Uno de sus muchos aciertos ha sido la elección de Rachel Weisz que con su mirada, su presencia y su actitud hace creíble al personaje, cosa difícil dada la complejidad y matices del mismo, pues no olvidemos que a pesar de sus grandes virtudes ella por ejemplo cree en la esclavitud como era normal en el mundo greco-romano, aunque vistos los acontecimientos que suceden ante sus ojos saber rectificar. Hay un momento en la película en el que se exclama con asombro "¿de dónde han salido tantos cristianos?": muy probablemente de ahí de los esclavos a los que se promete redimir.

Si hay que poner algún "pero" a la peli sería como ya han señalado otros al guión que intelectualmente te convence pero emocionalmente no del todo, y es que ya lo dijo alto y claro papá Wilder: "nadie es perfecto". En cualquier caso reitero mi agradecimiento a Amenábar por poner en circulación a mi querida Hypatía, primera científica conocida, portadora de la llama de la sabiduría y la tolerancia en un mundo bárbaro y brutal.

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