critica cielo negro

Cielo negro (1951) 15/02/2012
Una crítica de Álvaro de la Cueva

Año: 1951   Guión: Manuel Mur Oti, Antonio González Álvarez   Música: Jesús García Leoz   Fotografía: Manuel Berenguer   Título original: Cielo negro
Intérpretes:

Referencias externas cineastas:

Juan Antonio Bardem

Referencias externas películas: Calle Mayor


Viendo la película de Cielo negro no podía dejar de compararla con Calle Mayor de Bardem (1956).




Ambas tienen similar planteamiento; una ingenua, enamoradiza y -para los estándares sociales de la época- solterona que es víctima de un cruel juego de su entorno social. Sin embargo la comparación es odiosa, pues Cielo Negro está a años luz de la genial obra de Bardem.

Lo poco interesante de Cielo negro está en su final con ese larguísimo y hermoso travelling hacia atrás de gran fuerza visual: Emilia va a tirarse desde el viaducto de Madrid (no existían esas feas planchas de metacrilato "antisuicida") pero oye las campanas de las iglesias y en un inopinado ataque de fe emprende una loca carrera bajo la lluvia hasta la Basílica de San Francisco el Grande. Es un largo travelling de 1 minuto (calculo) pues la distancia es considerable. La cámara sigue a Emilia hasta que entra extenuada en la iglesia, momento en el cual retornamos a los excesos típicos de la película (esa luz “divina” de la puerta, el Aleluya de Haendel, ese postrarse de hinojos ante el altar etc...).

La película se basa en una novela cuyo cursi título en referencia a los problemas de visión de la protagonista (“Miopita”) es indicativo del desaforado melodrama que vamos a ver, un folletín de muy elemental material narrativo.

Los personajes son de un maniqueísmo pueril; unos seres beatíficos (Emilita y su madre) contrapuestos a una troupe de seres viles y despreciables (la dueña de la tienda, el avaricioso poeta – personaje redimido al final en un giro previsible- y, especialmente, las compañeras de trabajo de Emilita, autenticas arpías pioneras en la práctica del “mobbing” o acoso laboral).

Hay culebrones venezolanos con interpretaciones mas comedidas que las de Cielo Negro: obsérvese por ejemplo, como la jefa de Emilita le “canta las cuarenta” con ese dedo amenazador, en actitud propia de las madrastras y brujas de Disney; véase también la ansiedad primitiva con la que un histriónico – y generalmente tan buen actor como Fernando Rey- engulle los bollos en el café, que es el económico precio por el que vende su colaboración en el juego sádico que someten a Emilita. ¡Que manera mas burda de reflejar la catadura del poetastro! En otra escena, hay un primer plano del perfil de una de las compañeras de Emilia fumando con exagerada deleite sabiendo la próxima desgracia que se cierne sobre la protagonista...

En otras secuencias los personajes se comportan con un infantilismo chocante: en la verbena vemos a unos tíos ya talluditos de traje y corbata con gorritos de cotillón dando vueltas divertidos en los caballitos. La ilusión infantiloide con la que Emilita anhela la feria es inverosímil y ridícula. Mas; ¿a santo de qué la loca estampida del publico de la feria por cuatro gotas de lluvia? ¿por qué hace tantos ascos el muy borde amado de Emilita a sus insinuaciones?.

En resumen, el travelling y nada más.

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