critica niebla en el alma

Niebla en el alma (1952) 10/10/2011
Una crítica de El Despotricador Cinéfilo

Año: 1952   Guión: Daniel Taradash   Música: Lionel Newman   Fotografía: Lucien Ballard   Título original: Don´t Bother to Knock
Intérpretes:

Referencias externas cineastas:

Billy Wilder


Supongo que a todos nos pasa que, cada vez que pensamos en las grandes Obras Maestras del cine, tenemos una tendencia instintiva a mirar hacia el cine clásico y las películas que se hicieron hace ya muchas décadas, cuando la realidad es que en los poquísimos años que llevamos del siglo XXI se han hecho algunas Obras Maestras dignas de aparecer ya en la memoria de todo el colectivo cinéfilo.




Ahora bien, sí creo que hay una diferencia entre una película mala del cine clásico y una mala del cine contemporáneo: actualmente, si una película es soporífera y rematadamente mala, no la salva nada, mientras que en el cine clásico, si una película lo era (como es el caso de Niebla en el alma) sí que la salvan el carisma de los actores que actúan en ella o, mejor dicho, el carisma y la presencia de las estrellas que actúan en ella. ¿Quiero decir que en el siglo XXI no hay estrellas carismáticas y solventes para salvar cualquier film mediocre? Pues sí, claro que las hay, pero no tienen el empuje necesario para hacer reflotar la mediocridad o cutrez de algunos de los films en los que intervienen.

Viendo Niebla en el alma no hacía más que repetirme: ¡Qué diálogos más malos, qué historia tan mal dirigida, qué mediocre la labor de Roy Ward Baker (aunque, claro, tampoco se le puede pedir mucho a un director como él), qué situaciones más forzadas, qué giros argumentales tan rocambolescos, etcétera! Y, sin embargo, al terminar de verla, comprendí que había disfrutado muchísimo. La explicación se debía única y exclusivamente a una cosa: el tremendo carisma como actores de Richard Widmark y Marilyn Monroe.

Yo, desde niño, siempre he sentido absoluta fascinación por Widmark porque me parece un actor espléndido y una de esas personalidades cinematográficas tan marcadas que, haga lo que haga, siempre lo hará bien, es decir, una estrella como deberían ser todas las estrellas. ¿Y qué decir de Marilyn? Pues que no hace falta que la dirija Wilder (aunque cuando la dirige Wilder ya son palabras mayores) para desplegar todo el magnetismo, poderío, carisma, personalidad y vitalidad tan característicos en ella, es decir, que brilla siempre como la estrella que fue y siempre será (aunque sea en un papel de apocada, malévola, temerosa y frágil niñera).

Por todo esto, cada vez que me enfrento a una película de cine clásico lo hago sin miedo a la decepción, pues, aunque sea un bodrio infumable, siempre podré confiar en que las estrellas que intervienen sepan contagiar a toda la película esa magia inefable que las hace ser precisamente estrellas.

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