critica rey y patria 1964

Rey y Patria (1964) 21/07/2016
Una crítica de Altaica


Desde "Intolerancia", 1916, de David W. Griffith, y "El gran desfile", 1925, de King Vidor, pioneros alegatos pacifistas, el séptimo arte ha alumbrado un puñado de obras mayores sobre la guerra, bien en su condición de monstruo colosal o espectáculo bélico, repudia ética o viaje siniestro al alma humana y su capacidad de destrucción. Por no hablar de aquellas que han dado una visión cómica o satírica del conflicto que dejaré al margen.




En una revisión sucinta de uno de los géneros más prolijos, no puedo omitir trabajos como "Sin novedad en el frente", 1930, de Lewis Milestone, que en gran medida marcó las pautas narrativas y emocionales del cine bélico; "Remordimiento", 1932, de Ernst Lubitsch, unicornio en la obra de su autor y un hermoso viaje interior hacia la redención; "La gran ilusión", 1937, de Jean Renoir, quintaesencia del humanismo; "Roma, ciudad abierta", 1945, de Roberto Rossellini, reinterpretación del cine realizado hasta la fecha, y plasmación del neorrealismo en estado puro; "Los mejores años de nuestra vida", 1946, de Willian Wyler, emotiva cinta sobre el sombrío retorno; "El arpa birmana", 1956, de Kon Ichikawa, lirismo frente al mayor engendro humano; "Senderos de gloria", 1958, de Stanley Kubrick, la obra antimilitarista por antonomasia a todo lo que representa el estamento castrense; "Nobi", 1959, de Kon Ichikawa, otra desoladora obra maestra del director nipón; "Rey y patria", 1964, del proscrito en la caza de brujas Joseph Losey; "Johnny cogió su fusil", 1971, de Dalton Trumbo, otra víctima del "macartismo", mejor novelista y guionista que director, y una obra que se confecciona como un alegato de la eutanasia; "El quinto sello", 1976, de Zoltán Fábri, el chantaje como depredador de los principios; "Apocalyse Now", 1979, de Francis Ford Coppola, uno de los pilares del cine moderno; "Ran", 1985, de Akira Kurosawa, probablemente la visión mas lúcida del ser humano jamás contada y por ende de la guerra, si bien no estrictamente bélica; y "Salvar al soldado Ryan" de Steven Spielberg, la guerra mejor filmada y una sobresaliente obra pese a su ingreso y epílogo.

Son algunas, entre otras, de las obras para mí esenciales del género, si bien habrá singulares ausencias por disparidad de criterio, reduccionismo y por obvio desconocimiento. No obstante, el cine bélico o antibélico no ha dado excesivas obras maestras en comparación con su enorme producción.

Hablar de “Rey y patria” nos lleva indefectiblemente a "Senderos de gloria", por la similitud argumental y la injusta comparación que siempre se ha hecho de ambas. La obra maestra de Kubrick es considerada por el más amplio sector crítico como mejor película y precursora de la anterior. No solo se discute en el ámbito narrativo, sino que igualmente se habla de la supremacía del director de 2001: Una odisea del espacio, frente a Losey, un cineasta menor, pero sobre todo con un concepto del cine radicalmente diferente.

La película se desenvuelve en la Primera Guerra Mundial y tiene como trama el juicio o proceso de una apostasía. Cimentada en una obra teatral de John Wilson, su estética y ritmo no pueden deslindarse de dicha servidumbre. La triste mirada de Losey es de un pesimismo brutal, donde la condición humana está privada de trascendencia y anclada en su miseria. No hay sitio para el aliento y la esperanza, y todo deambula entre la lluvia, el barro y la sordidez que aparecen como sangre negra, humedad corrompida del alma humana. La demagogia presente en "Senderos de Gloria", está aquí subterránea, al igual que los cadáveres ocultados por el agua y el lodo. Las ratas y los hombres visten el mismo uniforme, juegan al esperpento de la muerte y se alimentan de si mismos. Ambas especies se mofan de sus congéneres, los dejan clavados en el camino sin mirar atrás, dando igual su agonía, a sabiendas que son su propia sombra.

La utilización de encuadres casi expresionistas le otorgan a la obra una fuerza visual mayor, describiendo un mundo cercano a la claustrofobia, agobiante y vacío. Vivimos en los subterráneos de la guerra, en las catacumbas del hombre y en la asfixia de la razón y la más elemental conciencia o principio. El soldado número 873426, de profesión zapatero, que toca la armónica en un mundo ausente de música, que marchó al frente para justificar su valor ante su infiel esposa, no desertó por razones suficientes pese a ser el último recluta vivo de su destacamento, vilmente se volvió y marchó en dirección contraria al combate, sin alma, sin mirada, sin ni tan siquiera pensamiento, él solo hizo caso a su armónica y quiso tocarla en el porche de su casa. Su excelente abogado supo demostrar su ausente inocencia, pero no se hace justicia a un hombre si los demás mueren en vano. Él vomita el cuerpo de cristo después de una noche de alcohol y cruel burla de sus "compañeros", que en un acto de cobardía y miseria moral sin igual, teatralizan su ejecución la última noche, degenerándose a sí mismos. No hay lugar para la compasión, no hay lugar para lo divino, no hay lugar para la mentira. Pues todo es mentira y la verdad no existe. Tan solo hombres jugando a la guerra, jugando con la vida como si de romper el espinazo de una rata se tratara.

Si en "Senderos de Gloria", los soldados son inocentes y su defensor es el paradigma de la lucha por la verdad, en esta obra no hay héroes, tan solo hombres con los ojos vacíos. El talento que Kubrick imprimió a su película, en esta no brilla como elemento estético, mas bien se supedita a la esencia fílmica, al mensaje brutal para el que nació la obra, fusionándose con los fotogramas quietos que la impregnan, con la quietud de los cuerpos yacentes y cualquier forma de vida huida. No seré yo quien le quite un ápice de valor a "Senderos de Gloria", pero me quedo con el desnudo que nos presente Losey. Tal vez, tan solo él, como cineasta perseguido y descreído nos pudo mostrar la crudeza desde la crudeza, y el mas limpio de los discursos.

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