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Goldeneye (1995) 23/01/2013
Una crítica de Juan Carlos Vizcaíno

Año: 1995   Guión: Michael France, Jeffrey Caine   Música: Eric Serra   Fotografía: Phil Meheux   Título original: Goldeneye
Intérpretes:

Referencias externas cineastas:

Alfred Hitchcock

Judi Dench

Referencias externas películas: El cuarto protocolo, Atrapa a un ladrón, Panorama para matar


Cuando han pasado ya diecisiete años desde su realización, y evocando el notable impacto que provocó en el momento de su estreno, no cabe duda que GOLDENEYE (1995, Martin Campbell) ha logrado superar con éxito no solo su presencia dentro de la mitomanía bondiana, sino su más que aceptable condición como film de acción, alejado en buena medida tanto de los modos narrativos casposos que caracterizaron el género pocos años antes, y los que invadirían y dinamitarían el mismo del mismo modo no mucho tiempo después –con la nefasta influencia de John Woo o Michael Bay-, caracterizadas por una atomización y abuso in extremis del montaje, como elemento sustitutorio de una auténtica puesta en escena.




Sin embargo, no cabe duda que si hay un elemento que permite recordar la película que comentamos, es la de suponer la puesta de largo del anteriormente televisivo Pierce Brosnan –popular ya desde la década de los ochenta por la serie Remington Steele-, en su primera de las cuatro encarnaciones que ofreció del agente creado por Ian Fleming. Y sin entrar en batallitas estériles sobre qué intérprete ha sido el que mejor encarnara a dicho personaje, es de justicia reconocer que Brosnan brilla en su primera recreación del mismo –una elección para la que por cierto estuvo predestinado desde varios años atrás-, otorgando personalidad propia al rol. El Bond de Brosnan destaca por una dureza revestida de elegancia en la que ninguno otro de sus compañeros de personaje ha logrado superarle. En ciertas reseñas, se señala que para dar vida al agente secreto 007, utilizó como modelo el frío asesino soviético encarnado en la nada desdeñable THE FOURTH PROTOCOL (El cuarto protocolo, 1987, John Mackenzie), y justo es señalar que sí se detecta esa dureza. Esa dosis más mitigada de sentido del humor transmutada en un seca ironía, que combinada con la innegable apostura del intérprete –y que el personaje nunca dejará de lado-, y la aridez que se transmitirá ante todo en sus réplicas –también en algunas de sus actitudes y gestos-, conformarán un renacimiento que logró el beneplácito del público de manera abrumadora.

Como suele suceder en los títulos de la franquicia, también la secuencia inicial de GOLDENEYE sirve para atrapar al espectador desde el primer instante. Un inmenso plano general nos trasladará a una presa en la Unión Soviética, donde 007 –del que veremos inicialmente un primer plano de sus ojos en la pantalla ancha en que está rodada la película-, descenderá colgado de un arnés. Será el inicio de la operación de destrucción de una base para la que contará con la ayuda de su fiel compañero 006 –Alec Trevelyan (Sean Bean)-, quien sin embargo sucumbirá y morirá durante el contraataque. La acción se trasladará a nueve años después, encontrándonos con un Bond que es acosado en su automóvil –que discurre por la costa azul francesa-, por una de las controladoras, al tiempo que se producirá el primer encuentro –también conduciendo otro sofisticado automóvil rojo- con la que luego sabremos es una malvada componente de un grupo de poder soviético –Xenia Onatopp (Famke Janssen)-. La persecución, de forma inevitable nos recordará no solo el Bond de los sesenta. Incluso, con un poco de imaginación, nos podría retrotraer a la comedia de aventuras de lujo ejemplificada por la magnífica TO CATCH A THIEF (Atrapa a un ladrón, 1955. Alfred Hitrchock). Será un oportuno contraste tras unos brillantes títulos de crédito, descritos a partir de la ruina de estatuas y elementos que forjaron la revolución rusa, unidos a la brillante canción de Tina Turner. En definitiva, la agudeza de Martin Campbell se despliega casi desde el primer momento en una aventura más, en la que curiosamente destaca la deliberada huída de diálogos, aunque cierto es que en su debe se planteen determinados aspectos en su guión –sobre todo a la hora de establecer una un tanto maniqueísta división de soviéticos "buenos" y "malos"-, dentro de un contexto en el que funciona pura y simplemente una narrativa siempre eficaz, inserta en los cánones habituales de la serie. Así pues, asistimos a la presentación de los gadgets que en un determinado momento nuestro protagonista utilizará en situaciones apuradas, la inclusión de roles secundarios más o menos pintorescos, como el “friki” informático encarnado por Alan Cumming, o el veterano e irónico agente de la CIA incorporado por Joe Don Baker –a quien se deberá uno de los diálogos más divertidos del film, denominando a Bond "culito prieto inglés"-.

En GOLDENEYE, Bond se muestra más adusto y duro que de costumbre –magnífica la secuencia del encuentro con M (impecable Judi Dench)-, en cuyas réplicas se define en realidad el escaso aprecio que uno sienten por el otro, al tiempo que revelan la personalidad de nuestro agente; necesario pero poco recomendable. La película ofrecerá episodios en los que el verosímil está a punto de resultar difícil de encajar, pero que en última instancia se revelarán magníficos; la huída en la secuencia progenérico, en la que llegará a ocupar un avión cuando tanto el aparato como el propio agente se encuentren a punto de caer al vacío. Al mismo tiempo, su sequedad y dureza llegarán a confundir a su ayudante y, finalmente, enamorada, Natalya Simonova (Izabella Scorupco), cuando esta sea amenazada por el comando soviético encargado de establecer el robo de una incalculable fortuna –a través de una pequeña arma cuya denominación dará título al film-, al tiempo que crear una serie de armas aéreas, que tendrán su demostración más evidente en el tramo final del film –dominado por un impresionante diseño de producción-. Y entre ellos, aparecerá de manera inesperada el eterno amigo de Bond, Trevelyan el antiguo 006 que en estos nueve años decidió cambiar de bando, alegando para ello una especie de venganza ante la actitud que las autoridades inglesas establecieron con sus padres rusos al finalizar la II Guerra Mundial –reintegrándolos con el estalinismo-. Será un episodio magnífico, rodado entre un cúmulo de ruinas de lo que supuso el ya extinto imperio soviético. En este y otros fragmentos, es en donde se advierte la buena mano de Campbell –de filmografía no siempre regular, pero en su conjunto digna de un cierto reconocimiento-, capaz de planificar con un relativo gusto, utilizar con destreza la pantalla ancha y, ante todo, combinar el aspecto eminentemente espectacular de la función, con esos otros episodios intimistas que tienen su oportuno contrapunto con la imperturbable dureza esgrimida por el renacido agente. Si unimos a ello la eficacia que ofrece la presencia de la masoquista Xenia –mucho más eficaz que la Grace Jones de A VIEW TO A KILL (Panorama para matar, 1985. John Glen)-, que establecerá con Bond una serie de instantes de verdadera violencia casi sexual, y que morirá de manera inesperada… aunque quizá disfrutando de los últimos instantes de su existencia, obtendremos el conjunto de un film apreciable, la valía de franquicia renacida, el acierto total en la elección de su principal icono protagonista, y también –en su contra- ciertos elementos un tanto farragosos e innecesarios, que impiden que el disfrute de esta, con todo, atractiva película, alcance un nivel que, por momentos, se encuentra a punto de atisbar.


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